Ocho mortales poseidas
“Alargó inconscientemente la mano hacia el teléfono de la mesilla de noche, con el deseo de hablar con alguien; entonces, las voces de las pocas personas que conocía sonaron discordantes, en sus oídos, no podía confiarles la ligereza de esta mañana. Cuál de ellas podría decirle.” Sí, sé de que estás hablando, te comprendo”.
Había una conspiración de mediocridad en el mundo, un plan universal para excluir los resurgimientos del espíritu que pudieran estropear el aparato de relojería.
Colgó el auricular y se sentó al borde de la cama. Hasta ese momento no había comprendido el significado de su dolencia. Todo era lo mismo: enfermedad, fatiga, y todos los males del cuerpo y de espíritu procedían de la natural anarquía de un corazón obligado a llevar uniforme”.
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“Existe un fallo en la gente. Y ése es el motivo de que algunas personas se vuelvan tan salvajes y renieguen de la vida y la dejen hecha trizas. Porque en la suavidad se oculta el fracaso con tanta frecuencia…Si no se es capaz de hablar en susurros, lo sabio es gritar. Es mejor tener algo roto y violado, pero todavía en tu poder, que no tenerlo nunca”