Reflejos de una vida
Cuando llegues -si tienes que llegar- entra sin hacer ruido. Usa tu propia llave. Di buenas tardes, di buenas noches y entra. Como quien ha salido a un recado, y regresa, y ve la casa como estaba, y lo aprueba, y se sienta en el sillón más cómodo con un lento suspiro. Abre cuando llegues, si quieres, la ventana a los sonidos cómplices de fuera, y a la luz, y a la favorable intemperie de la vida. El tiempo en que no te tuve dejará de existir cuando tú llegues. Todo será sencillo. Como una rosa recién cortada, se instalará el milagro entre nosotros. No habrá nada que no quepa en mis manos cuando llegues. Tornasoladas nubes coronarán el techo de la alcoba. ¿Dónde están mis heridas?, me diré… Pero escúchame bien: llega para quedarte cuando llegues.
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Qué trabajo y cuánta resistencia nos cuesta dejarnos inundar a ciegas por lo único cierto que poseemos. Por aspirar a una vida mejor -en este mundo o en otro- dejamos de vivir. Mañana a mañana, día a día. “Un día más”, nos decimos al final de la tarde, después de la agobiante siesta. Y eso quiere decir que hemos malogrado otra oportunidad, otro coloreado pétalo de la flor que vamos deshojando, desentendidos, mirando hacia otro lado -al futuro, al pretérito, a cualquier horizonte-, no ha este lugar y a este momento, que son todo, donde todo ocurre. La flor que, torpemente -sin verla, sin olerla, sin ser ella-, dejamos marchitar. Y era cuanto teníamos.